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CELESTE Y BLANCA

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Al pensar en la bandera, la nuestra,  y en general todas las banderas nacionales, no puedo dejar de asociarlas a circunstancias histórica lejanas y recientes de abuso, malversación y hasta de glorias relacionadas con guerras y enfrentamientos terribles entre pueblos y personas, incluso reconocibles y próximos.

 

Pero una bandera,  tanto de un club de  futbol como la de un país,  es sólo un trozo de tela a los que todos podemos cargar de una extensa variedad de significados.  Los militares argentinos –no sé con seguridad en que momento y bajo que circunstancias- se apropiaron de ella y le estamparon su sol de 32 rayos, convirtiéndola en bandera de guerra. Abusaron de ella en el mundial del ’78 y en la trampa de la guerra de las Malvinas o contra los supuestos sicarios del comunismo internacional o la estrafalaria y supuesta conjura judía mundial para crear un estado judío en la Patagonia o para enfrentar los  chilenos codiciosos que querían apoderarse del canal de Beagle.  Aún antes,  la vimos flamear al frente de los ejércitos asesinos comandados por Julio Argentino Roca, el genocida general que aún recuerdan con terror  los  descendientes de los ranqueles.

 

Hoy  más de treinta años después de haber cesado el manoseo a la que fue sometida, la enseña patria va recuperando lentamente el carácter cívico que Belgrano en sus inicios intentó darle.  Y no sólo cívico. También popular.  Entre todos  nos la   hemos ido apropiando y cargándola de sentido como símbolo popular. Ahora aparece  en los balcones de nuestras casas, en las manifestaciones sociales reivindicativas o festivas, en medio de multitudes que ríen o que lloran, gritando o en silencio.

 

La afirmación engañosamente triunfalista que aseguraba que la celeste y blanca “no ha sido jamás atada al carro triunfal de ningún vencedor de la tierra” fue desmentida en algunas batallas de la independencia y , por supuesto, en la estúpida guerra de Las Malvinas.

 

Pero esto no tiene ni tuvo para nosotros la menor importancia. Tanto en las malas como en las buenas es el símbolo recuperado que más nos identifica. Como dice un poema de Atahualpa Yupanqui, “antes que nada… argentino y a mi bandera seguí”.

 

Juan Pablo Jaroslavsky

Centro Argentino de Catalunya

 

Para www.centroargentino.es y www.ceaee.com